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LA FALSIFICACIÓN DE LA REALIDAD

La Argentina en el espacio geopolitico del terrorismo judio

1998

Noberto Ceresole

 

 

INTRODUCCIÓN

y estructura general del libro

 


"Nuestras ideas científicas valen en la medida en que nos hayamos sentido
perdidos ante una cuestión, en que hayamos visto bien su carácter
problemático y comprendamos que no podemos apoyarnos en ideas recibidas, en
recetas, en lemas ni vocablos. El que descubre una nueva verdad científica
tuvo antes que triturar casi todo lo que había aprendido y llega a esa nueva
verdad con las manos sangrientas por haber yugulado innumerables lugares
comunes"
José Ortega y Gasset, La Rebelión de las Masas


 



Este libro es el primer volumen de un largo viaje en tres dimensiones. En la
dimensión geográfica comienza en el lejano sur, en Buenos Aires, y llega
hasta el Asia Central, pasando por el Oriente Medio y Europa. Finalmente
habrá un retorno a la Argentina, cuya crisis, al final del viaje, queda
iluminada de manera muy distinta a como lo había estado antes. En la
dimensión temporal el viaje dura unos cuatro años, contando desde el segundo
atentado terrorista de Buenos Aires (18 de julio de 1994, AMIA) hasta la
terminación de este libro. Quedan en el camino, por así decirlo, tres libros
anteriores, tres ensayos previos que condujeron finalmente al presente
volumen, Terrorismo fundamentalista judío (1996); El Nacional Judaísmo
(1997) y España y los judíos (1997).

 En la dimensión intelectual yo, el viajero, tuve que procesar informaciones,
sentimientos y conocimientos cuya existencia simplemente ignoraba al
comenzar el viaje. Para dar un ejemplo, mi toma de contacto con la
literatura revisionista francesa y de otros países occidentales se produce
recién en enero de 1998. Una parte importante de este trabajo ya estaba
terminada para esas fechas, incluidas las críticas al libro de Roger Garaudy
Los mitos fundadores de la política israelí. Mi conexión con el
revisionismo, en especial el francés, y con la obra de Robert Faurisson, si
bien es tardía, no por ello dejó de ser eficaz, ya que he encontrado, casi
al final del camino, un fundamento sólido y una importante continuidad entre
mi propio pensamiento y la obra del revisionismo. Es mi evolución
intelectual personal lo que me hace aceptar lo substancial de la metodología
del revisionismo. Ella justifica y explica, a nivel científico, muchas ideas
que originalmente nacieron en mí como intuiciones que se fueron
desarrollando a partir del estudio de un caso concreto -y no teórico- de
terrorismo judío.

 Por ello puedo afirmar con absoluta convicción que mi percepción del mundo
es hoy totalmente distinta a la que tenía al comenzar el viaje. Casi todo lo
tuve que hacer a gran velocidad porque una parte significativa de esta
investigación se hizo sobre el terreno -especialmente en el Oriente Medio- y
al ritmo de los acontecimientos cotidianos. Las sorpresas en el plano
teórico fueron innumerables. En cada momento fue necesario quedarme un
tiempo en algunas de las estaciones del recorrido: en Moscú, en Berlín, en
Beirut, en Damasco, pero sobre todo en París y Madrid. Fueron los momentos
de reflexión y de lecturas. Este libro presenta, en ese sentido, una
importante cantidad de bibliografía: casi toda ella fue analizada -en
verdad, visceralmente pulverizada- durante el viaje, propiamente dicho. Gran
parte de mis conocimientos anteriores, trabajosamente elaborados a lo largo
de toda mi vida, eran inadecuados o simplemente no servían para el objeto de
este estudio (ya no sirven para el conocimiento del mundo).

 La confluencia entre nuevas experiencias políticas concretas y nuevas
lecturas, que iban surgiendo como "lecturas obligatorias" durante el mismo
viaje, y que eran absolutamente vitales para explicar algunas de las nuevas
vivencias, no sólo reestructuraron completamente mi Weltanschauung incial.
Esa confluencia produjo en mí la convicción de que toda mi vida anterior
había sido "otra vida"; que mis luchas y búsquedas anteriores habían sido
relativamente fáciles; que mis enemigos anteriores fueron relativamente
dulces. Había vivido 50 años sin saber que aún no había llegado la
experiencia decisiva, a pesar de que esa vida anterior no había sido
precisamente una vida vacía. Estuvo llena de luchas y de reflexiones. Sin
embargo aún no había pasado por la prueba excepcional, "aquella que las
organizaciones judías imponen a los individuos que tienen la desgracia de
provocar su cólera(esas organizaciones para las cuales) "el complot y la
conjura no son más que reflejos ancestrales", esas organizaciones que tienen
un poder destructivo inmenso hoy en el mundo; un poder que va desde lo
financiero hasta lo militar, pero que es sobre todo cultural y, antes que
nada, teológico. El Antiguo Testamento es una fuente inagotable de odio y de
crueldad, "ansioso, febril, frenético, ilimitado; sofoca a sus víctimas por
la sorpresa y la dureza de su violencia" (Robert Faurisson).

 Mi investigación sobre los atentados terroristas de Buenos Aires comenzó en
1994, pocos días después de la segunda explosión, con el ritmo de una
encuesta sociológica normal. De una manera muy concreta yo, en aquel
momento, no tenía conciencia en absoluto de la existencia de la "cuestión
judía", no sabía, por así decirlo, que los judíos en el mundo constituían un
parámetro esencial para la comprensión de la realidad del mundo. Con esto
quiero decir que había cumplido cincuenta años de una vida política que
consideraba plena de acontecimientos y de vivencias, desconociendo
completamente el acontecimiento y el problema central del mundo occidental.
Es muy distinto estar en el mundo pensando que la contradicción principal
es, por ejemplo, "pobres versus ricos", o "periferia versus centro", que
estar en el mundo sabiendo que la cuestión judía es la categoría que
determina todos los otros niveles de la actividad política y social. No sólo
sabiéndolo, claro, sino actuando en consecuencia.

 Este libro, de manera natural, es muy diferente a los textos cautelosos de
Roger Garaudy, que limita su obra a la "política" israelí y no la relaciona
con el Estado judío; que acota la crítica al "perverso sionismo", como si
existiera un judaísmo con "rostro humano". Cuando comencé la primera
investigación que dio origen a este libro yo era una persona que creía que
había pasado por experiencias límites, es decir, de alto riesgo. Pero,
aunque parezca increíble, no tenía conciencia en absoluto de la
"diferenciación judía". Nunca había visto el "problema judío". A lo sumo me
había enfrentado con la "cuestión sionista" en Palestina.

 A partir de mi singladura por el mundo judío, primero, y por las lúgubres
entrañas del terrorismo judío, después, los judíos, los judaizantes y los
judaizados, comenzaron a estigmatizarme. Yo afirmo que he vivido más de
cincuenta años sin tener ni una molécula de antisemistismo. Es más, sin
saber ni querer distinguir a un judío de un no judío: ¡tan internalizado
tenía el tema de la igualdad a partir de la actividad revolucionaria! Pero
ahora, al final del viaje, la situación es muy diferente. Rechazo el
concepto "antisemita" por considerarlo anticuado y eurocéntrico. Pero veo al
judaísmo tal cual como lo vio siempre el cristianismo tradicional. Con el
agravante que desde la fundación del Estado de Israel, el judío es, además,
un pueblo genocida. El "crimen contra la humanidad" cometido por los judíos
en Canaán (Libro de Josué) está señalado como un deber divino en el "libro
sagrado". Y hoy, ante la falacia del "plan de paz", la misma historia se
repite con exactitud milimétrica.

 El caso del terrorismo judío en la Argentina es la demostración más evidente
de la existencia de un grupo destructor que siempre se disfrazó de víctima.
No hay diferencias metodológicas esenciales entre el Mito del Éxodo y el
Mito del "Holocausto". En ambos es posible determinar, simplemente, dos
conspiraciones judías. Dos falsificaciones de la realidad.

 En esa línea, lo importante de lo sucedido en la Argentina es que se trata
de una situación sin salida para ninguno de los actores, que son básicamente
tres: comunidad judía residente en la Argentina, gobierno argentino y
sociedad argentina. Cada día que pasa es más difícil falsificar y sustituir
la realidad. Los judíos no pueden encontrar un grupo terrorista sustituto,
alguien que se autoinculpe o al que se pueda inculpar de terrorista; por lo
tanto acusan al gobierno de complicidad con el "terrorista inexistente". El
gobierno, por su parte, no puede acusar a los judíos de terroristas, porque
todo su proyecto de "globalización y de apertura económica" descansa en un
"alineamiento automático" con los EUA: lo que equivale a decir que el lobby
judío-norteamericano (el gobierno del mundo) tiene una enorme capacidad de
decisión dentro del país de los argentinos. Por su parte la sociedad
argentina no podrá seguir viviendo con la comunidad judía allí residente.
Los agravios recibidos ya no se pueden remediar. Ya no hay lugar, en la
Argentina, para que los argentinos puedan seguir conviviendo con los
residentes judíos en la Argentina, al menos con los residentes judíos
organizados en función de parámetros impuestos por el Estado de Israel y el
lobby judío-norteamericano. Este es el círculo que viene girando desde hace
seis y cuatro años, respectivamente. Y seguirá girando hasta que se produzca
una alteración dramática en la estructura de las relaciones internacionales,
que muy probablemente se inicie en el Oriente Medio. El Terrorista
Inexistente es el islamismo quien, según los judíos, se ha asociado con los
"nazis" indígenas: las "gentes de la tierra". Es decir, el Estado de Israel
señala a su enemigo, y no al autor de un acto terrorista. Los intelectuales
judíos europeos y norteamericanos han construido imágenes espeluznantes del
"terrorismo islámico". Pero recordemos que en el mundo de hoy hay mil
trescientos millones de musulmanes y menos de 20 millones de judíos. Y que
también dentro de los EUA los musulmanes ya superan en número a los
protestantes episcopalianos (Fuente: Samuel P. Huntington, Intereses
exteriores y unidad nacional, Foreign Affairs-Política Exterior,
enero-febrero de 1997).

 Pero la irresolubilidad del "caso argentino" (los judíos están condenados a
incrementar las agresiones sobre el país hasta que aparezca el "culpable"
que ellos quieran: lo que significa que para sobrevivir, ese país y esa
sociedad deberán enfrentarse al judaísmo o desaparecer de la historia) fue
una conclusión, llamémosla teórica, muy posterior en el desarrollo de mis
investigaciones. En un comienzo yo no tenía conciencia en absoluto de que el
judaísmo era un fenómeno criminal, en especial desde la creación del Estado
de Israel. La conciencia vino con el conocimiento. Cada capítulo de este
libro representa un paso en ese proceso de conocimiento. Cada capítulo es la
continuación temática del anterior. Así y todo, este es un libro práctico.
Nace de la constatación de un hecho que estuvo integrado por dos situaciones
simultáneas: un sector judío produce un atentado terrorista contra otro
bando judío, pero el judaísmo en su conjunto pretende endosarle la
responsabilidad de esas acciones a un tercer actor que no tuvo ni arte ni
parte en los sucesos, ya que más que actor era espectador. A ese espectador
ya lo hemos definido como el Terrorista Inexistente. Pasó mucho tiempo hasta
que pude percibir que la maldad profunda que subyace en esas operaciones de
terrorismo ocurridas en la Argentina, y en su posterior travestización
orientada a encontrar a un culpable inexistente, es parte de una metodología
perenne, consustancial a la historia judía.

 Por ejemplo en el Génesis se relata la historia de Jacob, que es llamado
Israel. Los hijos de Jacob, es decir, el núcleo básico de la tribu de
Israel, pasan a cuchillo a la tribu cananea que los había acogido con
generosidad. Para ello utilizan una excusa trivial y seguramente falsa: la
seducción de Dina. Lo más probable es que la familia-tribu de Jacob optara
por apoderarse por la fuerza de las tierras de Jamor. Crimen y engaño,
engaño y crimen. La acción no es aprobada por el padre (Jacob) quien sin
embargo tampoco castiga a sus hijos, que pasaron por la espada "a todo
varón": el daño que ellos causan con su "pequeño" genocidio evita tal vez un
daño mayor, que es el integrarse genéticamente a la tribu cananea. De todas
formas hay que huir, ya que las otras familias cananeas se organizan para
castigar el crimen y la traición cometidos por los israelitas. Mientras
tanto José, expulsado de la familia por una cuestión de poder (sucesión),
utiliza otro método: se infiltra en la corte del Faraón donde alcanza una
extraordinaria influencia. Desde esa posición de poder llama a toda la tribu
y la establece en Egipto, quien acoge a los hebreos con una generosidad
extraordinaria y sin ningún tipo de prejuicios. La tribu conspira y expande
su poder. Lógicamente son castigados y, al final, expulsados. El Éxodo es el
Mito de la expulsión, que era absolutamente justa y proporcionada a la
deslealtad cometida por los hebreos en Egipto. Pero los hebreos no se van de
las tierras faraónicas sin antes dejarles las siete plagas y de robarles, a
los egipcios, todos los objetos valiosos. Sin embargo, el Occidente
ideologizado por el Antiguo Testamento nunca dejó de percibir al Antiguo
Egipto -ni al mundo árabe moderno- como a una dictadura horrorosa, pero
sobre todo "atrasada". La misma historia se repite hasta el día de hoy. Las
figuras son siempre las mismas: el "judío bueno", Jacob (quien urde el
engaño); los judíos criminales (quienes ejecutan el genocidio): los hijos de
Jacob excepto José; el judío astuto que se infiltra, asimilándose: José. Hay
contradicciones entre ellos pero al final prevalece la unidad; se sobrepone
no tanto el ethnos cuanto el genos. La unidad genética de la familia es el
prólogo de la conspiración propiamente dicha: la apropiación de la "tierra
prometida". No importa la generosidad con la que fueron acogidos, lo
fundamental es apropiarse del poder allí donde residen. La experiencia de
Egipto es la introducción necesaria para el posterior gran genocidio de
Canaán (Josué).

En este libro llego a una definición por un camino inverso al que propone
Hegel cuando habla de las evoluciones del espíritu del mundo (Weltgeist).
Fui de lo particular a lo general. Se producen dos extraños atentados en mi
país. Yo y mi generación veníamos de una guerra civil dolorosa: "pequeña"
(unos 10.000 muertos) pero dolorosa (porque fue nuestra guerra civil).
Sabemos qué es y cómo se hace un atentado, por lo tanto podíamos afirmar con
cierta autoridad que esos dos que se habían producido en Buenos Aires eran
no sólo ajenos sino totalmente distintos a todo lo que conocíamos hasta ese
momento. Lo primero es curiosidad: ¿Quién ha sido? Nos miramos a la cara y
comentamos: -No conocemos a nadie que pudo haberlo hecho. Muchos, no todos,
de los que fueron nuestros enemigos en la "pequeña" guerra civil, esto es,
los que practicaron el "terrorismo de Estado", eran admiradores, clientes y
aliados de Israel contra el "comunismo": ¡De donde, si no, hubiesen
aprendido esas técnicas! Lo curioso es que finalmente ellos tampoco conocían
a nadie que pudiera haberlo hecho.

 Vimos y comparamos las imágenes de los dos edificios destruidos. No es
necesario ser ingeniero militar para saber dónde, en qué punto del "target"
se produjo la explosión: ambos edificios caen clarísimamente "hacia
adentro". Recién hacia fines de 1996 hubo un estudio científico
confirmatorio respecto del primero de los atentados (Embajada de Israel,
1992). Pero las ondas expansivas que produce la segunda detonación (AMIA,
1994) son idénticas a las de la primera. Sin duda alguna, ambas implosiones
se producen dentro de los edificios, ya que los destrozos en edificios
vecinos -incluidos muertos y heridos argentinos- son sólo menores,
secundarios: ninguno de esos edificios es destruido, son sólo dañados. Los
dos blancos caen sobre sus propios pies de una forma clara y limpia.
Naturalmente ambos edificios estaban bajo la "protección" del Shin Beth,
mientras que el "tiempo" de los atentados de Buenos Aires fue exactamente el
tiempo del desarrollo del "plan de paz" (desde la Conferencia de Madrid
hasta el asesinato del general Rabin, exactamente).

Este libro no es un simple análisis de dos atentados terroristas de los
tantos que ocurren en el mundo en los últimos tiempos. Por la especificidad
que asumen esos atentados, este libro se convierte, por un lado, en un
estudio de política internacional y, por otro, en una perspectiva
-radicalmente diferente a las aceptadas hasta ahora- de política interior
argentina: de ahora en más la supervivencia de la Argentina depende de la
capacidad que adquiera su sociedad para defenderse de las agresiones judías,
pero no sólo de las agresiones judías.

 La naturaleza de los atentados, vista desde un contexto interestatal, debe
servir de advertencia, a la llamada "comunidad internacional", sobre la
peligrosidad de uno de sus Estados miembros, que practica el terrorismo como
algo natural dentro de su visión del mundo mesiánica y apocalíptica. La
relación entre el Estado de Israel y el terrorismo no es nueva. Existe desde
su misma fundación como Estado-cerrojo impuesto por la "Liberación" europea
de posguerra sobre una región del mundo que no le pertenecía en absoluto y
sobre la que no tenía ningún derecho en absoluto.

 La nueva situación que desnudan los atentados de Buenos Aires es que esa
actividad terrorista, que desde siempre estuvo incorporada a la tarea
diplomática estándar del Estado judío, ahora es también el producto de una
lucha de facciones que tienen por objetivo el control de ese Estado; y por
escenario a casi todo el mundo, en especial allí donde residen comunidades
judías importantes. Este es el hecho sobresaliente si analizamos los
atentados terroristas de Buenos Aires desde el ángulo de las relaciones
internacionales actuales. El Estado de Israel no es un Estado "normal": esta
es la conclusión básica y elemental del análisis.

 Que el Estado de Israel no es un Estado normal es un dato de la realidad
archiconocido. Son los propios judíos los que proclaman la naturaleza
"sagrada" de sí mismos en tanto pueblo o raza. ¿Cómo habría de ser normal el
Estado que representa políticamente a un grupo humano "elegido"?

 El gran disparate de la política europea hacia Oriente Medio es que finge
creer que el Estado judío es un Estado "normal-democrático", donde existe,
entre otras cosas, el libre juego en la alternancia del poder, con el
consiguiente cambio de políticas. Si en Europa se hubiesen estudiado los
atentados terroristas de Buenos Aires desde la óptica de la crisis interna
que desde hace algunos años -inicios de la Conferencia de Madrid- fractura a
la sociedad y al Estado judíos, la idea de "normalidad" habría sido
desechada hace ya mucho tiempo. Pero para ello Europa no debería estar
"Otanizada".

 Sabemos que la "normalidad" es -en sí misma- otra ficción: las situaciones
"normales" son las que pretenden estar mas allá del "fin de la historia".
Desde hace algunos años, los funcionarios europeos adscriptos al
"pensamiento políticamente correcto" asignados a cuestiones internacionales
se comportan con fanfarronería hegeliana, y así tratan con todos los Estados
y grupos que todavía no han cruzado -según ellos- la frontera del "fin de la
historia". Actúan como si Europa y Occidente hubiesen llegado a la meta; y
desde allí, desde esas alturas olímpicas, estuviesen dirigiendo y juzgando
el curso de los acontecimientos mundiales. El resto del mundo
protohistórico, en definitiva, estaría obligado a transitar el mismo
derrotero que tuvo que recorrer Occidente para llegar hasta donde hoy ha
llegado: no al "paraíso" del "fin de la historia", sino a este inestable,
caótico y neurótico purgatorio que todos conocemos muy bien.

 Desde "más allá de la Historia" es muy difícil percibir la astucia de un
Estado-pueblo que "no tiene historia", en el sentido corriente de los otros
pueblos y Estados. El Estado de Israel no está en la proto-historia -como lo
está el "mundo periférico- sino en la a-historia. Se pretende que el tiempo
judío no sea un pasado, sino un recuerdo, algo que está siempre a la misma
distancia del presente. El presente y el futuro ya están escritos en una Ley
eterna y revelada ¿Cómo podría ser normal una situación política así
construida?

 Las llamadas "sociedades democráticas" occidentales más que "normales", han
logrado constituir, provisoriamente, un estándar que pretenden imponer al
resto del mundo, al menos como modelo: dicen que hemos llegado -en
Occidente- a la eliminación de los conflictos. Pues bien, comparado con ese
estándar, la sociedad israelí es lo contrario -exactamente lo opuesto- a la
"normalidad democrática occidental". Sin embargo, se insiste en la ficción,
en la mitología y en la contramitología. Ya se habla abiertamente de los
chantajes de Israel como si fueran reponsabilidad exclusiva de un gobierno
de "extrema derecha". Se dice, ahora públicamente, que Netanyahu es un
gangster, porque emplea métodos obviamente gangsteriles; y se pretende
convertir la nueva forma apocalíptica que ha asumido el terrorismo de Estado
judío, en una cuestión relativa a los "errores" o a las prisas de un
gobierno que "pervierte el mandato emitido por una sociedad básicamente
sana".

 Lo que los políticos y los analistas occidentales saben y no dicen es que en
Israel existe una estrategia perenne, que es una estrategia de conquista, y
que ella tiene un fondo mesiánico-apocalíptico. Dentro de esa estrategia se
ha podido verificar una larga secuencia de "alternancias" en el poder que
-en absolutamente todos los casos- no fueron sino intrigas internas para
desplazar a un líder "malo" y poner en su lugar a otro "bueno", que
continuara desarrollando exactamente la misma visión del mundo, pero ya con
una opinión pública occidental -y, aun, árabe- "confundida" por el "cambio"
y la esperanza de paz.

 La función del líder "bueno" es hacer que Occidente crea (tratándose de
Israel, Occidente cree a priori casi todo) que el Estado judío renuncia, al
menos provisoriamente, al uso de la violencia terrorista exterior y se
convierte -también provisoriamente, al menos- en algo parecido a un Estado
normal, según los estándares occidentales. En otra parte de este libro
haremos referencia a un "líder bueno" modélico, Moshe Sharret. Su Diario
debe servir para que la comunidad internacional reflexione sobre la
naturaleza de una de las caras, la exterior, del terrorismo de Estado
israelí.

 Sabemos con absoluta certidumbre que este tipo de maniobras se hicieron
innumerables veces dentro del Estado judío mesiánico. En todos los casos, el
objetivo único de la intriga fue fingir -de cara a Occidente y, también, de
cara a ciertas áreas del mundo árabe- que Israel cambiaría de política, es
decir, de estrategia. En todos los casos, el "cambio" contuvo una promesa
sistemáticamente incumplida: que el Estado judío dejaría de ser un Estado
terrorista -hacia el interior y hacia el exterior- y se convertiría en un
Estado "normal". El engaño, en definitiva, es una parte vital de la
estrategia "perenne" del Estado de Israel.

 Con un líder "bueno" en reemplazo de otro "malo", el Estado judío continuó
con la misma estrategia terrorista clandestina, pero bajo formas mejor
cuidadas. En muchos casos, la estrategia terrorista se desarrolló sin el
conocimiento del primer ministro, que era definido, por los mismos miembros
del establishment judío gobernante, como "paloma". Así la "paloma" podía
explicar al mundo que todas esas acciones clandestinas destinadas a mantener
un estado de guerra permanente con el mundo árabe no eran sino decisiones
"espontáneas" realizadas por "grupos descontrolados"; que él por supuesto
desautorizaba y condenaba. Los complots se convertían en "locuras
individuales", como en el caso más reciente del asesino Goldstein. El
asesinato del propio ex-primer ministro Isaac Rabin se presentó ante el
mundo, también, como la acción de un "pequeño grupo" de descontrolados.

 Los judíos gobernantes en Israel y en las juderías occidentales toman al
"resto del mundo" por algo esencialmente estúpido, y tal vez tengan parte de
razón, porque en todos los casos la conciencia occidental se adormeció con
el run-run de las buenas intenciones, y de las burdas falsificaciones
judiciales. Pasado un tiempo, el ciclo recomenzaba. En eso consistió, hasta
el día de hoy, la alternancia del poder en la sociedad israelí.

 La estrategia israelí de terror, agresión, expansión territorial y
subversión política respecto no sólo del mundo árabe, quedó "eternamente
fijada", es decir, consolidada en términos bíblicos, durante los primeros
tiempos de la existencia del Estado judío. En esencia se mantuvo constante
hasta el día de hoy, que es cuando se ve reforzada con la hegemonía
creciente del mesianismo fundamentalista judío, tanto dentro del Estado de
Israel como en las principales juderías instaladas en el mundo occidental.
El lobby judío norteamericano, luego de haber acumulado un poder enorme,
nunca visto en la historia política y económica de los EUA, pone ahora en
escena un nuevo acto de esta vieja comedia (o tragedia, según se la mire).
Se trata de la manipulación del poder decisional norteamericano desde su
mismo interior (1).

 No es que Israel había dejado de cumplir, por enésima vez, una "resolución"
de la llamada "comunidad internacional". No era un simple nuevo
"incumplimiento de contrato" entre Israel y el resto del mundo. Se trataba,
ahora, de que Israel decide unilateralmente negarse a cumplir con un
proyecto en el cual el mundo occidental, en su totalidad, y una parte
significativa de las dirigencias árabes, había comprometido su credibilidad
ante el conjunto de los ciudadanos de todos y cada uno de los países que lo
integran. Literalmente, se había puesto "toda la carne en el asador" en el
Plan de Paz. Occidente y buena parte de los gobiernos árabes quedaron con la
parte inferior de su anatomía trasera, como quien dice, al aire. No sólo
habían firmado un contrato con una comunidad que no cumple ninguno de sus
contratos terrenales. Habían hecho algo peor aún: habían afirmado que los
únicos enemigos visibles de esa paz, que sería el adelanto de la paz
universal, eran los terroristas¡islámicos!

 Muchas "buenas conciencias" pensaron que Netanyahu, "ese tipo", recibiría
una buena reprimenda en Washington. Pensaron que Clinton le diría finalmente
algo así como: "Vamos a ver: ¿quién manda aquí?". Ese hipotético
cuestionamiento ya tiene también respuesta: aquí, en esta parte del planeta
tierra llamada Occidente, manda Israel y el lobby judío-norteamericano. El
gobierno del mundo. El único grupo humano con capacidad para bombardear
pueblos inermes y no recibir ningún castigo por ello, sino más bien lo
contrario. Es ese lobby quien en verdad maneja los hilos en Washington ¿Cómo
podría el miserable gobierno cipayo (2) de Buenos Aires, inventor de la
teoría de las "relaciones carnales", oponerse a ese poder, si su misma
supervivencia depende de cualquier gesto imperceptible que cualquier
lobbyista haga en cualquier oscura oficina de la capital imperial?

 Juguemos a analizar el cuadro como si todo lo ocurrido en las semanas que
anteceden a la fallida operación "Trueno del Desierto" haya sido simplemente
un conjunto de casualidades. Que el señor William Clinton estaba enfadado
con el señor Benjamín Netanyahu era evidente: en noviembre de 1997 le
canceló una entrevista en Washington. Aquí viene la primera casualidad. A
partir de esa fecha se agudizan los distintos "escándalos sexuales" del
presidente norteamericano. El impulso que anima al fiscal que lo persigue
viene de la "derecha norteamericana", según afirmó la propia primera dama.
Entonces emerge la segunda casualidad. Lo primero que hace Netanyahu en
Washington es formalizar una alianza estratégica con el fundamentalismo
evangélico norteamericano, es decir, con el núcleo duro de esa llamada
"derecha": el único gran movimiento sionista no judío. La supervivencia
política de la administración demócrata quedó suspendida de un hilo muy
delgado.

 Luego, las casualidades se suceden tan rápidamente que ya no es posible
diferenciar una de las otras. Netanyahu deja Washington con el estilo típico
de un triunfador: no sólo no había sido sancionado por el "principal
dirigente" de la "única superpotencia", el imperio más poderoso de la
historia universal. Netanyahu llega a su pequeño país, geográficamente
infinitesimal, habitado por sólo 5,5 millones de habitantes (de un total de
menos de 20 millones de judíos en todo el mundo, el equivalente a un Estado
de escasa demografía y de mínima potencia), donde no existen prácticamente
recursos naturales económicamente viables, y a las pocas horas se entera de
que la superpotencia va a bombardear: ¿a quién?, al Estado elegido por Dios
que ha incumplido con todos sus compromisos terrenales. No: a Irak. Al único
país que en 1991 se atrevió a castigar a los Sagrados Habitantes de la
Tierra Sagrada con vetustos misiles ("armas de destrucción masiva", para la
opinión pública) que provocaron el "Holocausto" de un (1) muerto israelí;
(cien mil soldados iraquíes murieron oficialmente en la "tormenta del
desierto", y cincuenta mil niños, enfermos y ancianos de la misma
nacionalidad están muriendo anualmente desde el mismo día en que terminó la
"tormenta"). También fue una casualidad que, durante el mismo período, toda
la prensa occidental hiciera referencia a las "armas de destrucción masiva"
iraquíes, junto a fotos de pobres madres israelíes con máscaras antigás
incorporadas, posando ante las cámaras
con-la-angustiada-mirada-de-su-hijito-clavada-en-su-corazón (una vez más el
"gas" aparece en el núcleo de la mitología exterminacionista, pero ahora ya
no bajo la forma de Cámaras (de gas), sino ya vinculado al "terrorismo
genético" (3) que se adjudica al Islam).

 Por supuesto que nadie intentó definir qué es un "arma de destrucción
masiva". Hubiese sido relativamente sencillo hacerlo, incluso con
precisiones absolutamente exactas. Pero si se define con solvencia técnica
qué es un "arma de destrucción masiva" (en qué consiste, cuáles son sus
dimensiones, cuánto pesa, qué alcance tiene, cuál es la tecnología de
mantenimiento, etc, etc.) se está luego obligado, por elementales motivos
lógicos, a decir, con toda seriedad científica, que es imposible que un país
que viene siendo "escaneado" y torturado desde hace tantos años pueda aún
guardar, debajo de la cama del sultán, un (1) arma de "destrucción masiva"
(si lo ponemos en plural: "armas de destrucción masiva", ya salimos del
marco de lo imposible para entrar en el del delirio, tomando siempre como
base una realidad tecnológica). Sin embargo, el señor Tony Blair, primer
ministro socialdemócrata británico afirmó, con toda seriedad, que Irak
dispone de armas de destrucción masivas con capacidad para liquidar tres
veces a la totalidad de la población mundial Por las dudas, tres veces.
Para que no quede ningún rastro del perverso ser humano sobre la faz de la
tierra.

 Las preguntas centrales a las que hay que responder son: ¿Qué es lo que
provoca la subordinación de Occidente, siempre y en cualquier caso, a las
órdenes provenientes de Israel y del lobby judío-norteamericano? ¿Por qué
Occidente sigue aceptando las órdenes de Israel y del lobby, que es el
transgresor internacional por excelencia? ¿Por qué Occidente lo continúa
haciendo ahora, luego de haberse comprometido como nunca con un Plan que iba
a ser modélico para todo el planeta? Hay una respuesta única para todas esas
preguntas. Y ella fue expresada, de manera sintética, clara y precisa por el
profesor Robert Faurisson, el principal exponente del revisionismo histórico
francés, el 18 de enero de 1991, durante la campaña "mundo versus Irak", en
una carta al embajador de Bagdad en París: "No habrá ninguna chance de
retornar a la paz mientras el mito fundador del Estado de Israel no sea
cuestionado. Ese mito es el del pretendido "Holocausto" de los judíos
durante la segunda guerra mundial. Es gracias a la perpetuación de la
mentira histórica del "genocidio", de las "cámaras de gas" y de los "seis
millones" que vuestro principal adversario goza (en Occidente) de un enorme
crédito moral y financiero, largamente inmerecido".

 Después de Netanyahu -suponiendo que haya un después- la alternancia
laborista no puede ser sino un episodio de corta duración. Porque detrás de
Netanyahu acecha la "otra cara" de Israel, la que los europeos bien
pensantes (y sobre todo, la intelectualidad judía y filo-judía, occidental y
progresista) pretenden ocultar bajo un manto de plomo, si ello fuera
posible. Esa otra cara de Israel, el fundamentalismo mesiánico, no está
interesada en ningún tipo de alternancia. Su preocupación se centra en la
llegada del Mesías judío, y no en la edificación de una sociedad democrática
"normal". La función puede estar llegando a su anteúltimo acto. Por el
momento estamos presenciando una crisis tal vez terminal del Estado judío, a
quien en estos días de comienzos de 1998 le es muy difícil organizar los
actos de conmemoración del 50 aniversario de su fundación.

 Los medios de comunicación occidentales informan, con sistemática
unanimidad, sobre la existencia de una "crisis política en Israel". Muy rara
vez se aventuran un poco más allá. Pero la persistencia de esa crisis y la
extraordinaria confluencia de factores que sobre ella actúan obligan a
preguntarse si la misma no es, en realidad, una verdadera fractura
socio-religiosa; una guerra civil en potencia. Su naturaleza, no es sólo
peculiar sino, probablemente, terminal: esta no es una crisis más de las
tantas que afectaron al Estado judío, sino la crisis.

 Desde la misma fundación del Estado de Israel, el pueblo judío ha quedado
aprisionado por una contradicción irresoluble y, por lo tanto, mortal:
actuar como "pueblo elegido" y tener que administrar un Estado que, hacia el
largo plazo, tendrá que comportarse como los demás Estados o desaparecer,
cualquiera sea el régimen imperante en el sistema internacional. Lo que los
medios de comunicación occidentales siguen llamando "crisis política" es en
realidad el estadio terminal de la "contradicción original" antes señalada.
La obligación que -hacia el largo plazo-impone la comunidad internacional al
judaísmo de ser "un pueblo como los demás", es una imposibilidad metafísica
para los judíos.

 Esta imposibilidad metafísica ha tensionado al Estado de Israel desde su
mismo nacimiento en 1948. En ese sentido no es nueva. Eclosiona ahora porque
existe una superposición de factores que actúan sobre ella. Los siguientes
son sólo algunos de ellos:

1.- El compromiso aceptado en los llamados "Acuerdos de Paz"
(Madrid, Oslo, Washington) de entregar territorio a cambio de
cierta estabilidad tanto en la periferia cuanto en el interior del
territorio estatal judío. La entrega de territorio expresa la
materialización de la tensión metafísica original antes señalada.
Para aproximadamente la mitad de la población de Israel -tal vez
algo más- y para un porcentaje similar de los judíos que viven
fuera de Israel (y que jamás se integrarán a ese Estado), esa
entrega de territorio es un acto sacrílego.

2.- Las derrotas militares y los fracasos diplomáticos (acciones
terroristas manifiestas) de Israel fueron importantes en los
últimos años. Ellos han sido especialmente significativos porque
no sólo no existió ningún estado declarado de guerra física
interestatal (con el mundo árabe) sino porque, además, numerosos
Estados árabes, durante ese mismo período, intentaron mantener
relaciones diplomáticas casi normales con Israel.

3.- La crisis en la "diáspora" judía. Ella se manifiesta en el
hecho de que se consolidan las facciones en que ha quedado
dividida la política y la sociedad dentro de Israel. Ahora ninguna
de ellas puede administrar el comportamiento de la diáspora judía
en beneficio del Estado de Israel, cosa que antes se lograba casi
automáticamente. Estado de Israel y judaísmo ya no son exactamente
la misma cosa. No sólo el lobby judío-norteamericano está afectado
por una multiplicación de comportamientos dispares. Lo mismo
ocurre en Francia y en la Argentina.

4.- La emergencia de nuevos factores que indican una creciente
consolidación estratégica del mundo árabe-musulmán, a los que más
adelante haremos referencia.

5.- La suma ordenada de los vectores antes señalados nos muestra
una inter-relación total entre unos y otros. Es ese ensamble lo
que introduce en el Estado y en la sociedad israelí factores
económicos, demográficos y, en general, estratégicos que en
conjunto retroalimentan la crisis, hasta convertirla en la
materialización de la insoluble y devastadora "contradicción
original" (4).


El Shin Beth: un Estado terrorista "hacia adentro"

 En el Capítulo 1 de este libro hacemos una extensa referencia al servicio de
contraespionaje israelí, el Shin Beth, en relación con los atentados
terroristas de Buenos Aires. Por ello es importante que el lector tenga una
idea anticipada sobre la naturaleza del "trabajo" y de las funciones de esa
organización dentro del Estado de Israel.

 En el mes de mayo de 1987, el Gabinete Ministerial del gobierno israelí
constituyó una Comisión especial con el objetivo de encuadrar legalmente la
práctica de la violencia (tortura) aplicada por los interrogadores de los
Servicios Generales de Seguridad (SGS), israelíes, o Shin Beth, a los
palestinos y otros árabes detenidos, tanto dentro de Israel como en los
Territorios Ocupados (TO). Como presidente de esa Comisión fue nombrado un
antiguo Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia de Israel, el Juez Moshe
Landau.

 La Comisión emitió un Informe, aún hoy vigente, pero en proceso de
perfeccionamiento, como veremos luego, pocos meses después de constituida,
el 30 de octubre de 1987. Ese Informe se hizo público, excepto un Apéndice
que hasta el momento permanece secreto. Han pasado diez años desde la
publicación de ese vergonzoso Informe. Diez años durante los cuales hubo en
Israel "alternancia en el poder", pero ningún gobierno lo modificó ni lo
sustituyó. Lo que demuestra, una vez más, que esas "alternancias en el
poder" no son más que intrigas palaciegas, y que el engaño constituye una
parte vital de la estrategia perenne del Estado judío.

 La parte pública del Informe reveló que entre 1971 y 1986 los interrogadores
de los Servicios Generales de Seguridad (SGS), o Shin Beth "... mentían
sistemáticamente cuando eran citados por los tribunales de justicia para
declarar sobre la forma en la que habían obtenido las confesiones de los
detenidos. Según la Comisión, esto ocurría sobre todo en confesiones de
detenidos de los Territorios Ocupados. La Comisión puso además de relieve
que el uso de la fuerza física en los interrogatorios constituía un método
oficialmente reconocido, aprobado y recomendado en el seno de las SGS"
(Informe: Presos Políticos Palestinos en Israel y Áreas Autónomas, Madrid,
febrero de 1997, editado por el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe,
con el patrocinio de Asociación contra la Tortura, Asociación Libre de
Abogados, Comité de ONG para la Cuestión Palestina, Jueces para la
Democracia y Unión Progresista de Fiscales).

 ¿Cuál fue la actitud y cuáles las "recomendaciones" de la Comisión Landau,
ante esta práctica masiva de la tortura, que ya estaba "reconocida, aprobada
y recomendada" dentro de los servicios de seguridad israelíes, o Shin Beth?

 De manera contundente la Comisión aseguró que esas "normas internas" eran
básicamente lícitas, argumentando que "... los terroristas carecen de
derecho moral alguno para exigir que el Estado les garantice los derechos
civiles convencionales", y que "... la actividad hostil terrorista justifica
el uso del artículo 22 del Código Penal de Israel, referido al estado de
necesidad, no sólo cuando la perpetración de un acto terrorista es
inminente, sino también cuando sea posible y pueda ocurrir en cualquier
momento. Así pues, la Comisión, después de reconocer que es imposible la
obtención de información sin el uso de medios de presión, recomienda el
establecimiento de formas selectivas de fuerza física y presión psíquica que
describe eufemísticamente como 'moderadas', que además sean aprobadas y
estandarizadas" (Informe: Presos Políticos Palestinos en Israel y Áreas
Autónomas, p. 22).

 El Parlamento israelí aprueba la "estandarización de las presiones físicas".
Y es así que, con referendum democrático, la Comisión Landau legaliza la
tortura en Israel y Territorios Ocupados. Tal legalización fue confirmada
asimismo por el Fiscal General del Estado, en 1994. "Es obvio que las
recomendaciones de la Comisión, en sí mismas y por las vías que abren,
conceptual y prácticamente significan una invitación a ejercer el terror
físico y psíquico con los detenidos de procedencia palestina. Entre 1987 y
1992 fueron detenidos por fuerzas israelíes 80.000 palestinos, en su inmensa
mayoría varones, lo que representa el 24% de la población palestina
masculina entre 15 y 55 años" (Informe, op.cit, p.30). A la inmensa mayoría
de los detenidos se les aplicaron torturas "moderadas", estandarizadas y
legalizadas por la Comisión Landau, entre otras:

 

*Golpes reiterados, habitualmente aplicados con instrumentos contundentes
especialmente diseñados en cada caso.

*Shabed, que consiste en forzar el estrés físico de los detenidos
previamente encapuchados (desprovistos de visión), manteniéndolos en
posturas muy forzadas durante largos períodos de tiempo, sin dormir y sin
alimentación.

*Asfixia por inmersión en líquidos y a partir de la colocación de bolsas de
plástico sobre la cabeza de los detenidos, lo que imposibilita la
respiración.

*Aislamiento en sarcófagos u otros espacios muy pequeños con privación de
alimentos y negación de accesos a los aseos. En forma simultánea, al
detenido se lo amenaza de muerte a él y a sus familiares y amigos.

*Uso de grilletes empotrados en las paredes de las celdas, que obligan al
detenido a permanecer en cuclillas u otras posturas violentas, durante
largos períodos de tiempo.

*Aplicación de corriente eléctrica ("picana") en las zonas del cuerpo más
sensibles de los detenidos, en especial sus órganos genitales.


"Los presos ordinarios, y de manera habitual, durante la época de detención
inicial ('detención administrativa') sufren este tipo de tratos. Cuando hay
presos especiales, también las torturas son especiales" (Informe, ps.
30-31).

 Los llamados en Occidente "derechos humanos" de los palestinos en Israel y
Territorios Ocupados sencillamente no existen. Entre 1987 y 1996, 1.500
palestinos han sido asesinados por las fuerzas de seguridad israelíes, 120
por los colonos armados judíos fundamentalistas, y otros 153 ejecutados por
los "escuadrones de la muerte", en algunos casos tolerados y en otros
apoyados por las autoridades políticas y militares de Israel (lo que se
llama la "alternancia democrática en el poder"). Entre 1987 y 1993 fueron
dinamitadas 865 viviendas palestinas, causando un total de 7.985 habitantes
desplazados de sus hogares. Sólo entre 1993 y el 12 de agosto de 1996, en
pleno "Plan de Paz", el número de viviendas dinamitadas fue de 223. Durante
el mismo período continuaron las deportaciones masivas de palestinos,
violando no sólo los Acuerdos de Oslo sino además el IV Convenio de Ginebra.

 La detención administrativa es la detención de una persona realizada al
margen de cualquier intervención judicial. En Israel las detenciones
administrativas pueden durar seis meses, y son prorrogables por otros seis
meses, sin límite temporal alguno. 19.000 personas han sufrido y sufren
detención administrativa en Israel "por motivos imperativos de seguridad".

 Existen innumerables denuncias efectuadas por profesionales palestinos de la
sanidad sobre el papel que cumplen los médicos judíos en el sistema
penitenciario israelí. Su función es evaluar el grado de resistencia de los
presos que van a ser torturados y mantener sus constantes vitales a niveles
aceptables, a fin de llegar al final de cada cesión de tortura con el
prisionero dispuesto a firmar su declaración de "culpabilidad".

 Ya hemos hecho referencia a la cifra de 80.000 detenidos-torturados entre
1987 y 1992, que es el tiempo que transcurre entre la creación de la
Comisión Landau y los inicios del "Plan de Paz". En enero de 1995 (Oslo II)
existían 5.000 prisioneros palestinos en cárceles israelíes. Sólo 1.300
fueron liberados entre octubre de 1995 y enero de 1996. Pero esas
liberaciones fueron "reemplazadas" con nuevas detenciones. Por lo que se
puede estimar, en ausencia de datos fidedignos, que el número aproximado de
presos palestinos en cárceles israelíes sigue siendo de 5.000, al día de
hoy. Asimismo, el procedimiento de "detención administrativa" no se ha
interrumpido a partir de la aplicación de los Acuerdos de Oslo, sino que por
el contrario, se incrementó, según denuncias de las autoridades palestinas.

 Las "desapariciones" de presos palestinos. Se trata de personas que habiendo
sido detenidas en el pasado han sido dadas como no existentes por parte de
las autoridades penitenciarias israelíes. El Instituto Mandela posee
"evidencias circunstanciales" provenientes de las familias de los
"desaparecidos" de que "... muchos de los desaparecidos permanecen
encerrados en secciones especiales, en celdas separadas, bajo un control de
aislamiento estricto en las prisiones de Atleet, Novi Tretsa, Al Jalameh y
en otras desconocidas". En 3.100 se evalúa el total de presos palestinos
"desaparecidos".

 Se aplica, aun, una doble medida para los presos judíos y para los
palestinos. Los palestinos son juzgados por tribunales militares, como es
común en toda "potencia ocupante". Los judíos, en cambio, son juzgados
todavía por tribunales civiles. Esta situación puede cambiar en los próximos
tiempos, a partir de las modificaciones previstas en la Ley del Shin Beth
(5).

A lo largo de una década, la Ley del Shin Beth ha sido sometida a
discusiones en diversos foros. El gobierno israelí prevé que la redacción
del último borrador, en forma de proyecto de ley, quedará terminada en un
futuro próximo. En este último borrador, preparado por David Libai (antiguo
ministro de Justicia en los gobiernos de Isaac Rabin y Shimon Peres), se han
introducido varios cambios, de forma que la versión definitiva tendrá
carácter de ley fundamental. Una vez aprobada esta ley, Israel dará un
importante paso, con vistas a ampliar su "terrorismo interior o terrorismo
de Estado", que también será aplicado, a partir de ese momento, a ciudadanos
israelíes opositores. ¿Cuáles son los cambios que se han introducido en el
borrador?

 Según Haaretz, en primer lugar se han reforzado principalmente los
mecanismos de control, con objeto de aumentar el poder del Shin Beth. En la
propuesta se han dedicado dos capítulos a las penalidades previstas en caso
de publicación ilegal sobre detalles del trabajo del Shin Beth. "Por la
publicación de información sobre gestiones del Comité de la Knesset
encargado del tema del Shin Beth, el castigo es de tres años de prisión; si
la publicación es resultado de una negligencia, el castigo es de un año de
prisión. El personal del Shin Beth que divulgue o publique información
confidencial debe contar con una sentencia de condena de cinco años de
prisión".

 Otra innovación específica de las funciones del Shin Beth es "la
preservación y la mejora de otros intereses vitales del Estado, conforme a
las decisiones del gobierno". Es decir que el Shin Beth tendrá, a partir de
la aprobación de la nueva Ley, una participación "legal" dentro de la
política interior de Israel. Así, la propuesta establece que el subcomité de
la Knesset que supervise las operaciones del Shin Beth (uno de cuyos
miembros será un representante de la oposición), quedaría limitada a aprobar
los ámbitos de actividad que el gobierno asigne a la jurisdicción del Shin
Beth. El subcomité estará también autorizado para aprobar cualquier enmienda
a la ley del Shin Beth que el primer ministro pueda proponer. Igualmente, el
subcomité debe tener en cuenta los informes que el jefe del Shin Beth le
someta con regularidad.

 Otro cambio importante se refiere a los interrogatorios de los detenidos. La
enmienda correspondiente incluirá un capítulo sobre quién estará autorizado
a conducir las investigaciones y los interrogatorios de carácter
"extraordinario". El nuevo capítulo en la Ordenanza -capítulo 12- y las
regulaciones a establecer dentro del contexto de la Ordenanza, serán
aprobados por un comité interministerial y por el comité competente de la
Knesset, sustituyendo las regulaciones propuestas por la comisión encabezada
por el ex miembro de la Corte Suprema de Justicia, Moshe Landau (en retiro).
Aunque la Ordenanza habla de la prevención del terrorismo, los
interrogatorios a incluir en el nuevo capítulo se refieren a "actividades
contra la seguridad del Estado" y no sólo a actividades terroristas. Por lo
tanto, esta cuestión incluirá necesariamente interrogatorios especiales
-torturas- sobre judíos opositores al gobierno, los famosos "falsos judíos"
ya definidos por el fundamentalismo religioso judío. Mientras que la
comisión Landau habló de la posibilidad, en casos especiales, de una
"presión física moderada" durante el tiempo del interrogatorio, el capítulo
12 de la Ordenanza amplía sin límites el tiempo de la tortura, ya que habla
de "aplicación de presión sobre el individuo a interrogar" en casos
especiales.

 Como ya se ha visto, en la enmienda a la Ordenanza se ha añadido un nuevo
delito: "la omisión de pasar información (a las autoridades) que puede
ayudar a prevenir un acto de terrorismo o prevenir la incitación al
terrorismo". Las personas que se consideren culpables de este delito serán
condenadas a cinco años de prisión. Ese nuevo delito afectará a la población
judía de Israel opositora del gobierno. Legalmente también los "falsos
judíos" podrán ser "interrogados" sin límite de tiempo. Y todavía hay más,
un elemento decisivo en la futura guerra civil judía: la persona encargada
de fiscalizar las torturas no puede ser un empleado de este Servicio
Secreto, el Shin Beth, sino que debe ser un funcionario nombrado por el
primer ministro. El inspector dependerá directamente del primer ministro y
de un Comité interministerial encargado de los asuntos del Shin Beth,
compuesto por cinco miembros. En definitiva: el Shin Beth tendrá
autorización para realizar cualquier acción "extraordinaria", inclusive
interrogatorios contra judíos opositores, o "falsos judíos" (Fuente:
Haaretz, op.cit.) (6).

 

La política interior argentina

 Pero este libro tiene que ver, sobre todo, con la política interior
argentina.

 No sólo hay una "cuestión judía" en la Argentina. La "cuestión judía" tiene
profundas raíces sociales y amenaza con convertirse en el tema central
dentro del largo proceso de crisis que vive ese país.

 La "cuestión judía" en la Argentina, entendida como epicentro y síntesis
final de todas sus crisis, no se origina en un supuesto "antisemitismo"
instalado en su sociedad, sino en agresiones concretas realizadas por una
comunidad nacional, étnica y religiosa extranjera, instalada en su seno. La
comunidad judía residente en la Argentina es un cuerpo extraño, con
lealtades esencialmente diferentes a la de las "gentes de la tierra". Es un
factor agresivo para todo lo que es argentino.

 Toda la historia de la "modernidad" argentina, desde los años 80 del siglo
XIX, se basó en el principio de que esa sociedad "nueva" era un "crisol de
razas". El llamado "modelo argentino" fue entendido como coexistencia de
etnias y de culturas distintas que se fueron superponiendo -a partir de
sucesivas olas inmigratorias- a la base demográfica original de raíz
hispano-criolla. Es precisamente ese "modelo argentino" lo que "estalla" a
partir de los atentados terroristas que se analizan en este libro. Todo el
marco social demográficamente acumulado desde el inicio del desarrollo del
"modelo argentino" fue severamente agredido, según la hipótesis que
sustentamos, por una de las culturas étnicas (en realidad, genéticas)
integrantes de ese conjunto.

 La agresión al modelo demográfico argentino acumulado durante más de un
siglo provino de un grupo específico -y, sobre todo, "diferente"- integrante
del genos judío. Pero para ocultar el crimen de ese grupo, el Estado
protector de la etnia, y la etnia en su totalidad, realizan una tarea de
encubrimiento cuyo estudio debería ser materia obligada para los estadistas
de todos los países del planeta (las distinciones entre genos y ethnos se
desarrollan en el Capítulo 4).

 Fueron dos los actos criminales que se suceden en el tiempo, sin solución de
continuidad. Las agresiones propiamente dichas (que también fueron dos) y el
encubrimiento (falsificación de la realidad) inmediato y automático de esas
agresiones. En el primer acto de la secuencia criminal -los dos atentados
terroristas propiamente dichos- participa sólo el fundamentalismo judío (es
decir, el judaísmo genético); en el segundo, el propio Estado de Israel y,
por ósmosis y principios básicos de lealtad, la práctica totalidad de la
comunidad judía internacional y de la comunidad judía residente en la
Argentina (judaísmo étnico). Es así como uno de los segmentos culturales
constitutivos del "modelo demográfico argentino" elimina de raíz la
viabilidad que originalmente se encontraba en sus mismos fundamentos. Ya no
es posible pensar a la Argentina como "crisol de razas". A partir de este
momento, la supervivencia de la Argentina depende de la velocidad que su
sociedad le imprima al movimiento que lleve al Estado-nación a fundamentarse
de otra manera, lo más lejos posible del fenecido "crisol del razas".

 Las bombas de Buenos Aires destruyen un modelo de país, desde el mismo
momento en que una de sus culturas étnicas integrantes reclama para sí
derechos diferenciados pero sobre todo superiores a los del resto de una
comunidad conformada a partir de sucesivos aportes inmigratorios. Los
"aparatos culturales" de esa sociedad -casi todos y casi siempre en manos de
la etnia agresora- pretendieron ignorar, hasta donde les fue posible, su
fundamento demográfico original: el subsuelo cultural hispano-criollo,
entendido no como algo acristalado en el tiempo, sino como el fundamento de
una demografía asimilada, pero sobre todo, integrada hacia dentro. Ello
significó que la sociedad toda se encontrara incapacitada para definir un
nuevo contenedor cultural basado en un proceso de fusión étnica ya realizado
pero nunca analizado (la antropología del peronismo, según es analizada en
el Capítulo 4).

 El proceso de reconstitución de la Argentina ha quedado abierto a partir de
las agresiones de Buenos Aires. Por la propia naturaleza demográfica de la
sociedad argentina ese proceso de reconstitución deberá ser necesariamente
etno-cultural, etno-social y etno-territorial. Las agresiones propiamente
dichas, pero sobre todo la cobertura que sobre ellas se ha realizado, con la
apoyatura del Estado judío, han demostrado, más allá de las peripecias
rocambolescas de la "investigación judicial", que la actual estructura
demográfica de la Argentina ha agotado su ciclo histórico.

 

Las principales "fallas" que se habían manifestado en la estructura de la
sociedad argentina durante las últimas décadas tuvieron su origen en fisuras
de origen étnico-cultural. La organización social, la formación y el
disfuncionamiento de sus clases sociales, responde exactamente a una previa
diferenciación etno-cultural. La distribución de la población sobre el
territorio también tiene un fundamento etno-cultural. Pero sobre todo, ese
fundamento etno-cultural fue la base oculta para que en el país funcionara
un determinado sistema político y económico, y para que finalmente la
totalidad de ese sistema se subordinara -de una determinada manera, radical
y compulsiva- al proceso de globalización actualmente en curso.

 El origen de la decadencia sin fin que sufre la Argentina arranca de la
estructura de poder que finalmente adoptó la forma "moderna"
(pos-inmigratoria) de su composición etno-social, bajo la forma de "crisol
de razas". Con toda seguridad hay una Argentina anterior a las agresiones
del terrorismo judío. No sabremos si habrá una Argentina posterior. Sólo
intuimos que si la hay, será otra Argentina. Debemos comenzar a pensar el
futuro en términos etno-estratégicos. Lo que significa que la supervivencia
radica en la posibilidad de construir otro perfil etno-cultural, basado en
las percepciones de las grandes mayorías populares ya fundidas -integradas y
autointegradas- cultural y étnicamente, con lealtades hacia adentro y no
hacia afuera del Estado nacional.

 ***

 Este libro tiene como principal objetivo contribuir a desenganchar a la
cultura occidental de raíz cristiano-católica del proyecto globalizador
imperialista fundamentado en el judaísmo mesiánico y apocalíptico. Todos los
impulsos globalizadores que pretenden arrasar a pueblos, naciones y culturas
se fundamentan en una misma visión del mundo: aquella que la Iglesia
Institucional Romana llama judeo-cristiana. El globalismo tiene sólo "un
libro": el Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, un legado cultural que hoy
comparten plenamente fundamentalistas judíos y evangélicos, en especial en
los EUA, donde existe el único movimiento religioso de masas que es sionista
y no judío. Por el contrario, nosotros hemos trazado una historia paralela
de cinco siglos entre España y Alemania. Escribirlo en muy pocas páginas
fue, en ese sentido, una tarea complicada (Ver Capítulo 5).

 Durante siglos, el mundo anglo-judío pretendió edificar la Leyenda Negra de
España (otra de las grandes falsificaciones-sustituciones de la realidad)
con el fin de anular, en beneficio del capitalismo naciente, los enormes
avances civilizatorios que había logrado la cultura castellano-católica.
Desde el Iluminismo anti-español -y, por lo tanto, anti-ibero-americano- se
pretendió ennegrecer la cultura de España denigrando los grandes aportes
castellano-católicos a la historia de la humanidad. En este punto intento:

 Rescatar el inconmensurable aporte positivo de la Inquisición para
la supervivencia de las civilizaciones indígenas en América. Esas
civilizaciones hubiesen sido totalmente destruidas sin la
presencia de la Inquisición en América. Y me doy cuenta
perfectamente que esta idea puede provocar reacciones emocionales
violentas en sentido contrario y desde extremos opuestos entre sí.
Ello sería lógico, ya que una afirmación tal va a contrapelo de
varios siglos de conocimientos formales acumulados, pero no
digeridos; va a contrapelo de una cultura sedimentada
institucionalmente, pero que nos niega el conocimiento de su
origen. Y sobre todo se contrapone con el "progresismo" cultural
occidental.

La perversión intrínseca de la economía judía, destructora de
África y América. Esas dos destrucciones demográficas fueron
condiciones sine qua non para el nacimiento del capitalismo
moderno, primero con centro en Amsterdam y luego en Londres. El
nacimiento del capitalismo es la victoria ideológica del judaísmo
mesiánico apocalíptico: por su propia naturaleza, esa ideología
debía negar primero y destruir después los fundamentos católicos
del mundo castellano-universal. No es extraño, en absoluto, que la
Iglesia institucional romana se haya unido al proyecto en esta
fase histórica donde predomina la hegemonía destructora del Mito
del Holocausto, lo que significa, también, la satanización de dos
culturas muy distintas entre sí: la germánica y la islámica.

La imagen nefasta de Alemania, en tanto "pueblo criminal por naturaleza"
(Ver: Capítulo 7 y Epílogo), fue y es utilizada por el judaísmo mesiánico
apocalíptico para justificar las más horrendas acciones criminales del
Estado de Israel, cometidas no sólo en Palestina sino en el mundo entero.
Cuanto más intenso y doloroso sea presentado ante el mundo el "crimen del
Holocausto" supuestamente cometido en el pasado por Alemania, más
justificados estarán los crímenes actuales y futuros del Estado judío.

 En este libro intento demostrar -apoyado en el pensamiento revisionista, es
decir, en conocimientos científicos e información actualizada- que no existe
ninguna justificación histórica para continuar hablando de "Holocausto", ya
que la política alemana respecto de los judíos, antes y durante la llamada
"segunda guerra mundial", no fue de exterminio sino de expulsión. Y se
concibió y se realizó, esa política, mucho después de que en los campos de
concentración de la Unión Soviética fueran inmolados unos diez millones de
hombres y mujeres en nombre del "progreso histórico". No estamos hablando de
Stalin, sino de una policía política bolchevique conducida por célebres
judíos ubicados en la etapa final del progresismo: el marxismo. Esa policía
política actuó con prolongada anterioridad a la consolidación de Stalin como
Secretario General. De hecho, la progresiva apertura de los archivos rusos
referidos a la época soviética están demostrando que el Stalin real está muy
lejos de su imagen sangrienta creada sobre todo por el trotskysmo judío y
judaizante.

 Fueron los avatares de ese intento alemán de expulsión, realizado dentro de
un escenario bélico generalizado, lo que finalmente provocó un "genocidio"
de una dimensión aproximada al último ocurrido en África recientemente: uno
de los tantos genocidios expulsatorios inter-étnicos -o inter-nacionales, o
inter-sociales- que han jalonado la historia de la humanidad desde sus
orígenes hasta el mismísimo día de hoy. El concepto de expulsión aplicado a
la historia reciente de Alemania no sólo nos conecta con los orígenes de la
España Universal que nace en 1492. Nos conduce también a conflictos
actuales, originados por comunidades judías instaladas en sociedades que en
su momento las acogieron amistosamente. Esas comunidades judías residentes
actúan en la mayoría de los casos contra los fundamentos identitarios de las
sociedades receptoras, intentando trastocarlos y destruirlos. De tal forma
que la única posibilidad de supervivencia de la sociedad receptora vuelve a
ser la expulsión. Estoy hablando concretamente del caso argentino. La
relación entre España y Alemania en torno a la cuestión judía está
perfectamente justificada en función de las agresiones que ambas sociedades
sufrieron por parte de los judíos residentes en ambas naciones en diferentes
momentos históricos.

 Este libro pretende ser una réplica racional y una crítica radical a dos
mitos construidos a posteriori de los hechos, y que en ambos casos (España y
Alemania) son deformadores (constituyen interpretaciones deformadas) de esos
hechos. Esos mitos, el de la Expulsión española y el del Holocausto alemán,
fueron construidos a partir de intereses políticos, mucho después de haber
ocurrido los hechos a los que se refieren, y por lo tanto constituyen
deformaciones específicas de la realidad. Son interpretaciones ideológicas
de ambos procesos históricos, y no el proceso histórico propiamente dicho.

 Pero sucede que una crítica sistemática del Mito del "Holocausto" nos lleva
necesaria e inexorablemente a re-analizar los fundamentos de la cultura
europea que nace a partir de la "Liberación" de posguerra. Así vemos que no
sólo el Mito del "Holocausto" se fragmenta en mil pedazos: lo que ya no se
mantiene son los lineamientos estructurales de la cultura occidental
re-establecidos a partir del fin de la última guerra llamada "mundial". Ya
no es posible seguir sosteniendo la imagen esquizofrénica de una Alemania
"mala-agresora" y de un Occidente "bueno-agredido". Tanto el Estado de
Israel como la Europa de Maastricht son hijos de una misma catástrofe: una
guerra civil europea de treinta años que se salda con la victoria de un
"nuevo orden mundial" que esclaviza por igual a todos los pueblos del
planeta (Ver: Epílogo).

 Tanto la "Historia Negra de España" como el "Mito del Holocausto" y el
subsiguiente de la "Liberación", tienen muy poco que ver, en tanto
construcciones ideológicas ex post factum, con las respectivas realidades
que intentan representar o expresar en términos simbólicos esas tres
interpretaciones historiográficas ya caducas. Estamos hablando de Mitos y no
de realidades. Esos tres Mitos constituyen, en un sentido estricto del
concepto, sacralizaciones, esto es, situaciones reales sacadas de contexto y
llevadas al absoluto. Los hechos reales que esos Mitos, esas grandes
sustituciones-falsificaciones de la realidad- pretenden representar, pueden
ser hasta moralmente condenables aislados de su contexto, pero dado que
ocurrieron en un tiempo histórico y no sobrenatural, son explicables a
partir de la utilización de los elementos elaborados por las ciencias
sociales y, más específicamente, por la ciencia histórica. Son explicables a
partir del análisis histórico racional.

 Rechazamos la Historia Negra de España en tanto y en cuanto constituye la
sacralización negativa de la historia de España. Rechazamos el Mito del
Holocausto en tanto y en cuanto constituye la sacralización negativa de la
historia contemporánea de Alemania. Rechazamos el Mito de la "Liberación"
porque origina un orden mundial devastador. En definitiva, negamos las
sacralizaciones construidas para satisfacer fines eminentemente políticos
generados mucho después de producidos los hechos.

 Como sostiene el historiador alemán profesor Ernst Nolte, el pensamiento
científico no puede callar por más tiempo. No existe el "crimen único" ni el
"mal absoluto", como pretenden los mitófilos de cualquier signo. Ello
significa que otra Europa y otro Occidente pueden ser construidos libres de
la tutela del terrorismo judío. El principio más elemental de la ciencia
sostiene que todos los fenómenos humanos guardan relación con otros
fenómenos humanos. Todos ellos deben comprenderse a partir de esas
relaciones. El principio más elemental de la ciencia sostiene que en el
estudio de esas relaciones deben excluirse todas las reacciones emocionales,
incluidas las religiosas, por muy legítimas o poderosas que ellas sean. "El
pensamiento científico sostiene que el acto más inhumano es siempre 'humano'
en el sentido antropológico; que el 'absoluto' de postulados y máximas
morales, como por ejemplo: 'no matarás', no es tocado por la determinación
histórica, en el sentido que desde los principios de la historia hasta el
presente la matanza de hombres por hombres, la explotación de hombres por
hombres, han sido realidades permanentes; que el historiador no debe ser un
mero moralista... El absoluto, o sencillamente lo singular en la historia
sería un 'numinosum', al que sólo debería uno acercarse en actitud
religiosa, pero no con criterios científicos" .

 La tarea del pensador es analizar las conexiones de los procesos históricos
y sociales. Debe preservarse de las críticas de los que quieren confrontar
el "mal absoluto" en nombre del "bien absoluto". "Sólo el análisis mismo, y
no profesiones de fe y aserciones prematuras, logrará acercamientos
progresivos a la realidad histórica" (Nolte).

 Desde posiciones de poder en otros tiempos inimaginables, el judaísmo
mesiánico apocalíptico procede, como es lógico, de forma inmoral. Cree poder
colocarse, sin más ni más, en la antítesis de la ciencia, ya que sólo admite
a determinados grupos humanos entre un sinnúmero de víctimas de la historia.
Ello es así porque está convencido de la existencia de una desigualdad
esencial entre los seres humanos, a pesar de que ellos -"los elegidos"- son
tan culpables, al menos, como aquellos a los que acusan. "Se sobreentiende
que no deben negarse las diferencias, porque en ellas radica la esencia de
la realidad. Sin embargo, el pensamiento histórico, debe oponerse a la
tendencia del pensamiento puramente ideológico y emocional, orientado a
afianzar esas diferencias... La pretendida neutralidad del pensamiento
histórico no puede ser de carácter divino y por ende estar a salvo de
cualquier error... El pensamiento histórico debe estar dispuesto a
revisarse, siempre y cuando se presenten buenas razones y no sólo voces de
indignación renuentes a aceptar que es preciso explicarlo todo en la medida
de lo posible, pero que no todo lo explicado es comprensible y no todo lo
comprensible se justifica. Por otra parte es imposible renunciar a la propia
existencia, y sólo de ella resulta una toma de partido directa y concreta"
(Nolte).

 Nuestro análisis sobre dos procesos concretos de expulsión de grupos humanos
(España, Siglo XV; Alemania, Siglo XX) se fundamenta en el hecho
absolutamente verificable de que el grupo social expulsador, plenamente
mayoritario, era consciente de que a partir de la expulsión estaba
preservando su "propia existencia". Esa mayoría social percibía al grupo
expulsado como a un peligro muy grande para la continuidad de su propia
existencia.

 Esta es nuestra explicación relacional entre grupos humanos antagónicos, que
trataremos de hacer comprensible, pero en ningún caso "justificadora". Es
curioso que los mismo grupos humanos que pretenden negar por decreto lo que
es un derecho natural de la vida misma, y no sólo del pensamiento
científico, esto es, el ejercicio de la capacidad humana para revisar su
propia historia, asumiendo la libertad y la responsabilidad de afirmar o de
negar interpretaciones históricas controvertidas (situaciones humanas y no
divinas, siempre relativas y nunca absolutas); es curioso que esos mismos
grupos humanos ejerzan el poder político, en este mismo tiempo histórico
contemporáneo, negando a "los otros" el derecho a la existencia. Eliminando
a "los otros", torturándolos y masacrándolos. Como es el caso del simbólico
y sacrosanto Estado de Israel, en cuyo nombre se construyeron los mitos
criticados en este libro.


La historia no es simple "pasado". Es la forma que suelen adoptar las
angustias y las luchas del presente. Es por eso que ante una misma historia
existen -y deben existir- distintas interpretaciones historiográficas. Lo
pasado, lo remoto, es historia sólo cuando subsiste en el presente. El
pasado es, por lo tanto, lo contrario de un objeto, en la misma medida en
que el presente no es una "naturaleza cristalizada", mientras que el futuro
aparece no sólo como incertidumbre, sino sobre todo como voluntad.

 El derecho a revisar la historia, afirmando, negando o relativizando no sólo
los "hechos", sino sobre todo las interpretaciones dadas a esos "hechos", es
algo que asumen todas las sociedades, todas las generaciones, en todos los
presentes. Es por eso que ante una misma historia existen -y deben existir-
distintas interpretaciones historiográficas. Además, como lo subraya Martin
Heidegger, hay acontecimientos históricos que tienen historia y otros que no
la tienen. Es el presente -las luchas y los antagonismos del presente, pero
sobre todo las crisis del presente- quienes deciden cuáles acontecimientos
históricos tienen historia y cuáles no la tienen.

 Para Heidegger hay historia (Geschichte) e historiografía
(Geschichtswissenschaft): "¿Qué es acontecer en la historia? ¿Qué es
historia como lo pretérito en relación al tiempo? No sólo el pasado, sino
también el presente tiene relación con la historia. Sí, el presente
alcanzado históricamente es el punto de orientación para el acontecer
histórico pasado... la historia y el acontecer están relacionados al pasado,
presente y futuro, esto es, a los tres ámbitos del tiempo... El pensamiento
histórico y la historiografía (das geschichtliche Denken und die
Geschichtswissenschaft) trabajan con una particular articulación del
concepto del tiempo. El pasado puede ser la inversión de la visión. El
tiempo puede asumir la forma de una línea y resulta entonces arbitrario cómo
nosotros la observamos, desde el pasado en dirección al futuro o al revés"
(Martin Heidegger, Lógica, 1934).

 Lo pasado, lo remoto, es historia sólo cuando subsiste en el presente. El
pasado es, por lo tanto, lo contrario de un objeto, en la misma medida en
que el presente no es una "naturaleza cristalizada", mientras que el futuro
aparece no sólo como incertidumbre, sino sobre todo como voluntad. Para
Heidegger esta articulación del tiempo se resuelve a partir de asumir la
historia como evolución del ser (Sein) y no como noticia del acontecer
(Geschehen). "Acontecer es un 'devenir' (Werden), y 'devenir' es lo
contrario de ser (Sein)... quedará claro que el ser histórico es una
permanente y siempre renovada decisión entre la no-historia, la distorsión
de nuestro ser y la historia en que estamos" (op. cit.).

 Esta revisión de la historia que proponemos debe entendérsela como un acto
de voluntad (hacia el futuro) opuesto a otras voluntades del presente. Se
trata simplemente del eterno conflicto humano; es decir, de algo que no
puede ser prohibido por decreto. Sólo que ahora hay una voluntad humana que
se ha recubierto de sacralidad: ella tiene pretensiones absolutas. Juzga y
legisla sobre el bien y el mal desde las alturas de una fe revelada,
herméticamente cerrada para "los otros", nosotros. Es lo que trato en mi
anterior libro El nacional-judaísmo, un mesianismo pos-sionista. Estamos
ante la historia como objeto (sacralizado) y ante el presente cristalizado.
Está prohibido revisar, está prohibido afirmar, está prohibido negar,
siempre y cuando uno no forme parte del bando del "bien absoluto" (lo que
automáticamente implica estar del lado del "mal absoluto"). Es decir,
estamos en las antípodas de la vida, del pensamiento científico y de la
libertad proclamada por todas las Constituciones del Mundo Occidental.

 ***

 Este libro se editará simultáneamente en España, en lengua castellana,
pensando en todo el mundo iberoamericano, y en El Líbano, en lengua árabe,
para todo el mundo árabe. Por primera vez en muchos siglos se hace necesario
pensar en forma simultánea a Europa e Iberoamérica, y al mundo
árabe-musulmán. La crisis del presente exige pensar a ambos espacios como
entidades culturales y económicas -en un sentido muy amplio del concepto- no
contradictorias sino armónicas entre sí. Esa perspectiva nos lleva a
ubicarnos en las antípodas del presupuesto judío por el cual existiría un
conflicto insuperable entre "Oriente" y "Occidente", y entre Europa y los
espacios transmediterráneos del Mundo Antiguo. Naturalmente que hay un
conflicto. Pero él debe ser definido con toda precisión: ese conflicto
existe entre las fuerzas judías que pretenden adueñarse de Occidente y el
mundo islámico. Y no entre Occidente y el mundo árabe-musulmán. Al mundo
islámico le interesa, o al menos le debería interesar la -ahora sí-
Liberación de Europa de sus controles judíos.

 Muchos árabes "progresistas" e islámicos "oficiales" residentes en Europa
confunden a unos pocos millones de inmigrantes magrebíes -ahora trabajadores
explotados de las periferias metropolitanas y, antes, sub-ciudadanos en
sociedades cerradas y primitivas- con el mismo mundo árabe-musulmán. Gracias
a esa confusión, son los judíos progresistas de Europa los que encabezan
todas las campañas en favor de las minorías oprimidas, desde los magrebíes
hasta los homosexuales, pasando por los gitanos ¡Extraña figura la de los
judíos defendiendo a los trabajadores árabes en Francia, Alemania y España,
mientras sus hermanos de raza los masacran en el Oriente Medio! Sólo la
extrema descerebración del arabismo progresista y del islamismo conservador
en Europa pudo haber logrado semejante alucinación. El mundo árabe-musulmán
es mucho más importante que cuatro o cinco millones de trabajadores árabes
inmigrados, es decir, expulsados de sociedades primitivas negadoras de
cualquier forma de participación y extremadamente empobrecidas, también, por
la inacción y la corrupción de sus "elites" civiles y militares. La
europeización de Europa será la antesala de su verdadera integración con el
Mundo árabe. Pero previamente la propia Europa deberá haber alcanzado el
reencuentro con su identidad perdida a partir de la falsa "Liberación" de
1945.

 Para definir el idioma universal de Cervantes utilizaremos el término
"castellano" y no el corriente "español", dada la enorme confusión que ha
provocado el Estado español llamado "de las autonomías", al declarar
oficiales nada menos que a cuatro lenguas (con una quinta en camino), la
mayoría de las cuales no excede el ámbito puramente comarcal dentro de la
pequeña península ibérica. Por ello hemos decidido editar este trabajo bajo
el signo del bilingüismo árabe-castellano. O castellano-árabe. Por varios
motivos.

 En primer lugar, por el enorme peso de una relación histórica. Al-Ándalus,
visto en perspectiva, fue tal vez la realización más luminosa de una
civilización, la de la raza árabe; y de una cultura, la que expresa la
religión musulmana. Al-Ándalus fue una providencial confluencia entre dos y
no entre tres civilizaciones. La "cultura judía", tanto en la España
visigoda como en la España musulmana, siempre fue una cultura subsidiaria,
ya que siempre se expresó sólo a través de dos lenguas, la castellana y la
árabe.

 En segundo lugar, por la enorme potencia demográfica y cultural que encierra
la suma de ambas lenguas y, en consecuencia, por el gran poder político
potencial internacional que ello presupone. Esta confluencia lingüística
abarca a más de mil millones de personas. Prácticamente todas ubicadas en
áreas excluidas y sometidas dentro del llamado "nuevo orden mundial". La
suma de recursos que poseen ambas regiones incluyen a todos los factores que
hacen al poder internacional en los tiempos actuales y futuros, entre otros:
petróleo, mano de obra altamente cualificada, alimentos, poetas, minerales,
ingenieros y pensadores.

 En tercer lugar, porque la experiencia indica que es tan importante
desarrollar la problemática árabe-musulmana en Occidente como presentar ante
el mundo árabe-musulmán el pensamiento existente en Occidente sobre ellos
mismos. Este es un punto clave dentro de una determinada concepción de una
militancia por la causa de los humillados plenamente asumida. Desde el punto
de vista geopolítico entendemos por espacio árabe-musulmán no sólo el
llamado "mundo árabe" sino además sus dos zonas contiguas más importantes:
Irán y Turquía. Los núcleos contemporáneos de los dos antiguos imperios, el
persa y el otomano, son elementos estratégicamente indisociables de la
cultura musulmana y del mundo árabe propiamente dicho.

 Finalmente, por la importancia política que tiene el proyecto de repotenciar
a las corrientes inmigratorias árabes en Iberoamérica. Esas comunidades
instaladas en el nuevo mundo son muy importantes en su aspecto cuantitativo,
pero carecen de la potencia que les otorgaría encontrar una "conciencia de
sí", aún inexistente.

 Ambas lenguas se desarrollaron, desde el triunfo de la "modernidad", de
espaldas una respecto de la otra, y ambas de forma marginal respecto del
centro anglo. Lo que facilitó la hegemonía de terceras lenguas y de otros
"dioses", que hoy son las lenguas y los falsos dioses del Imperio, es decir,
de la arrogancia "judeo-cristiana" (culto al "monoteísmo de mercado", como
diría Roger Garaudy).

 Madrid, marzo de 1998.

______________________________

Notas de la Introducción.

 1.-El estallido del "escándalo sexual" del presidente Clinton (enero de
1998) fue una operación jamás intentada, hasta ese momento, por el lobby
judío norteamericano y la Inteligencia israelí. Es muy difícil dudar sobre
la función cumplida por la señorita Mónica Lewinsky. Fue una repetición casi
exacta del caso Ellen Romisch, una de las ex amantes del presidente Kennedy,
que trabajaba para el servicio de inteligencia de la ex Alemania Oriental.
Para tapar el escándalo Romisch, el entonces fiscal general Robert Kennedy
se encargó de sacarla del país lo más rápido que pudo, mientras el director
del FBI Edgard Hoover advertía en el Congreso: "Que nadie investigue el caso
porque de otra manera vamos a arrastrar a muchos en la caída". En esos
tiempos el Congreso adoptó una actitud de prudencia. La misma actitud
prudente adoptó el Congreso, uno de los centros de gravedad del lobby, con
el caso Lewinsky. Mónica Lewinsky es hija de una importante familia judía
conservadora norteamericana. A diferencia de Ellen Romisch es una persona
con arraigo en el establishment norteamericano. Desde un punto de vista
lógico existe una alta posibilidad que la Lewinsky haya actuado por cuenta
de la Inteligencia israelí, según denunció casi unánimemente la prensa árabe
durante el tiempo de los sucesos. Clinton quedó como un rehén de la
Inteligencia israelí, luego de 32 encuentros amorosos con la Lewinsky. La
celeridad con que se decide el ataque a Irak, finalmente frustrado por un
sistema internacional que se aleja del "unipolarismo", justo en el momento
en que la posición israelí era más débil de cara a Occidente, no encuentra
ninguna otra explicación racional: el presidente es obligado a dar luz verde
a una decisión previamente adoptada por el lobby, en un momento en que el
Estado de Israel carecía en absoluto de justificaciones respecto de su
dramático "incumplimiento" de los Acuerdos de Oslo. Cuando la política judía
resultaba absolutamente injustificable ante la llamada "opinión pública
occidental", aparecen como por arte de magia las "armas de destrucción
masiva" de Saddam Hussein. Una falsificación y sustitución de la realidad,
la anteúltima. Una vez más, Israel estaba en "peligro de muerte", se volvió
a insinuar. La religión del "Holocausto" sepultó los hechos y la realidad
fue nuevamente sustituida por un Mito. Ya no cabe duda sobre quien manda en
Washington. Estamos simplemente ante el gobierno del mundo.

El 29 de enero de 1998, el mismo día de la llegada de Netanyahu a la capital
imperial, el corresponsal de Liberation (uno de los órganos del lobby
judío-francés) en Washington escribe: "La tensión es tal que ahora la
cuestión consiste en saber si la antipatía de la administración Clinton por
Netanyahu va a ser más fuerte que su sostén a Israel". Sin duda esa era la
pregunta capital en aquellos días. Pero ya existe respuesta. El apoyo a
Israel continúa, a pesar de todo. Antes de la visita Clinton había dicho:
"Yo no puedo seguir trabajando con ese tipo" (Fuente: US News & World
Reporter). La misma publicación afirmó que la señora Albright confiesa ante
sus colaboradores más inmediatos que ya está "excedida" por las maniobras
dilatorias de Netanyahu: "Este hombre me ha humillado al ignorar mis
llamados para poner fin a su política de asentamientos". En definitiva había
un clima de alta tensión entre los dos gobiernos aliados. Y la misma
situación era visible en la Unión Europea: el llamado "Plan de Paz" se había
convertido, oficialmente, en una gran frustración.
2 Cipayo, del persa sipahi, soldado indio al servicio de una potencia
europea (Diccionario de la Lengua Española, Real Academia). 
3 El Islam como "terrorismo genético", ver André Glucksmann, en el Epílogo
de este mismo libro.

4 Sólo han transcurrido 50 años desde la fundación de la mortal
"contradicción original", es decir, del Estado de Israel. Hasta el mes de
marzo, la comisión de la Knesset constituida para organizar los actos
festivos (imaginados solemnes) previstos para el 14 de mayo de 1998, no
había podido aún presentar un programa coherente. No está asegurada siquiera
su financiación. Esta vez sí hay acuerdo entre los dos extremos del arco
político-religioso: "No se puede obligar a la gente a que estén alegres
cuando son desdichados", dijo el diputado laborista Nissim Zwili. "La nación
no está para fiestas", señaló, por su parte, el parlamentario ultraortodoxo
David Tal. Diputados de la Knesset -dice Der Spiegel en su edición del 29 de
diciembre de 1997 (p.113)- han solicitado recientemente suspender los actos
festivos previstos para el 14 de mayo próximo. El comité constituido
expresamente para la organización de los festejos, no ha podido presentar
todavía ningún programa; incluso la financiación del aniversario -cuya
celebración se había pensado festejar, en un principio, con toda pompa- no
está asegurada. La falta de ánimo de los israelíes refleja la profunda
crisis en que se encuentra el Estado sionista. Der Spiegel concluye: "El
proceso de paz divide al pueblo, y las disputas entre judíos religiosos y
laicos ya hace tiempo que se han convertido en una guerra cultural." 

5 Ze'ev Schiff, Las innovaciones en la Ley del Shin Bet, Haaretz, Edición en
inglés, 23 de enero de 1998.

6 El mismo diario escribió sobre el tema de los interrogatorios en su
edición del 14 de enero. El precio de la moral, por Amira Hass. Los nueve
jueces de la Corte Suprema de Justicia tienen que atender un tema muy
espinoso. Se trata de la petición realizada por los abogados de los
detenidos Abed Al-Rahman Ghanimat y Fuhad Koran para que la Corte ordene al
Servicio Secreto Shin Beth dejar de torturar a los dos detenidos;
textualmente: "dejar de aplicar presión física y emocional". Los jueces no
pueden limitarse a definir su postura sobre cuáles de los argumentos tienen
más peso: los de los abogados de los demandantes (Leah Tsemel y Allegra
Pacheco) o las demandas de la parte contraria, el representante (anónimo) de
Shin Beth y el representante del Estado (Shai Nitzan). Qué duda cabe que las
repetidas advertencias hechas a lo largo de la semana pasada por las
autoridades de Seguridad en relación con la posibilidad de inminentes
atentados terroristas pueden influir en la decisión de los jueces de la
Corte Suprema. Los jueces deben pronunciarse sobre si la situación de los
demandantes -que llevan días atados a una silla obligados a escuchar música
estrepitosa, sin que se les permita dormir ni siquiera durante unas pocas
horas, y con la cabeza tapada con una bolsa- supone tortura o forma sólo
parte del "período de espera antes del interrogatorio". El ambiente en la
Corte es de temor y angustia ante la previsible reacción del público. Se
supone que los nueve jueces habrán leído el artículo de Daniel Statman "La
cuestión de lo absolutamente moral en la prohibición de la tortura"
(publicado en julio de 1997 en la revista "Ley y Gobierno", editada por la
Facultad de Derecho de la Universidad de Haifa). Este artículo, escrito por
un profesor de filosofía de la Universidad de Bar-Ilan, no se puede
considerar "meramente de interés académico", ya que aporta argumentos que no
se pueden resumir en unas pocas frases. El autor del artículo comienza con
una "apología": su discurso filosófico no pretende negar que la tortura es
"algo moralmente abominable", ni tampoco pretende presentar argumentos en
contra de la condena incondicional de cualquier forma de tortura. Sin
embargo, el artículo es de vital importancia, desde el punto de vista de su
autor, por la afirmación de que "por lo menos en determinados casos, la
tortura es moralmente admisible". Statman distingue entre "tortura de
terroristas" que se realiza con el objeto de "amedrentar a los miembros del
grupo al que pertenece el individuo que está siendo interrogado", y "tortura
interrogativa" que tiene por finalidad "causar dolor físico o emocional para
extraer información del individuo que está siendo interrogado". Sin embargo,
el artículo de Statman no da una solución directamente aplicable a la
situación concreta de los dos detenidos (como antes se ha descrito) y si
esta situación supone una tortura o, como pretende el representante del Shin
Beth ante la Corte, sólo se considera "un período de espera antes del
interrogatorio". Lo que sí ofrece, es una respuesta indirecta: está
prohibido afirmar, dice el autor categóricamente, que "el causar grave dolor
a un individuo que está siendo interrogado, no puede considerarse como
tortura". Statman ofrece otro criterio indirecto a los jueces de la Corte
Suprema: "¿Qué otro término que no sea el de 'tortura' puede aplicarse a una
forma similar de 'espera' (entre varias sesiones de un interrogatorio), si
la persona que está 'esperando' es judío y se encuentra en situación de
interrogatorio en otro país?" (...) El profesor Statman recuerda las
palabras de Maquiavelo "es raro encontrar a una buena persona dispuesta a
usar medios malignos, incluso si estos medios son necesarios desde el punto
de vista moral. Si esta hipótesis es correcta", continúa Statman, "nos
encontramos ante una paradoja: desde el punto de vista moral, se nos está
permitido, en principio, usar la tortura con el fin de obtener una
información de vital importancia; no obstante, dada la realidad en que
vivimos y dada la naturaleza de las personas que están comprometidas en
estas actividades, es casi seguro que la tortura sobrepasará siempre lo
moralmente permitido y, por tanto, no existe ninguna justificación para la
tortura". Resumiendo, Statman apunta que, durante muchos años, los
representantes del Shin Beth solían mentir a los tribunales en relación con
el uso de fuerza para conseguir información. Los individuos que mentían lo
hacían porque pensaban que mentir era su deber patriótico y porque estaban
honestamente convencidos de que "no tenían otra opción". Sin embargo,
Statman subraya que "el precio moral y social de una política de mentiras es
demasiado alto... se necesita un cambio también con respecto a los medios de
presión y tortura aplicada a cientos y miles de detenidos palestinos... el
precio moral y social de esta política de violencia es demasiado alto..."


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EDICIONES TERCERA POSICION - Ediciones Libertarias-Prodhufi S.A., Bravo Murillo 37, 28015 Madrid, España. 1998
ISBN 84-7954-421-X



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